martes, 2 de febrero de 2010

El héroe abatido

El héroe ya estaba casi vencido cuando terminó la guerra. Todo el tiempo se la pasó convenciendo a los soldados de que el Comité de Emergencias al que pertenecía era neutral en las hostilidades, aunque anduvieran socorriendo a los heridos y vistiendo camisetas financiadas por el gobierno municipal. Algunos milicianos eran bastante escépticos, y no sólo lo acusaban de filtrar información para el Estado, sino que se dolían y le recriminaban el que no les ayudara con la atención de sus combatientes heridos en batalla. Usted sabe mucho de esas cosas, le decían en el asedio constante, esperando de él una declinación en su convencida voluntad. Pero él respondía que no hermano, yo no sé nada, si veo una herida grande o un montón de sangre, me muero. Pero era falso, por supuesto. El héroe tenía años de experiencia en la materia, pero evitaba exponerse, mezclarse, servir a la insurgencia. Si accedía a sus peticiones, cualquier día llegarían con un miliciano moribundo al que sería imposible resucitar, y en circunstancias tan críticas terminarían echándole la culpa y arrojándolo junto al cadáver. El héroe podía verlo en sus pensamientos. Conocía de un caso similar en un barrio aledaño, donde un joven que había sido capacitado en la Cruz Roja se presentó ante los milicianos con alarde orgulloso, diciéndoles que contaran con sus servicios cuando tuvieran algún herido. Pero el día en que fueron a buscarlo con un cuerpo derramando sangre, nada pudo hacer y por eso lo asesinaron. Por cosas así era que el héroe siempre se defendía, y trataba de convencerlos de lo contrario, de lo verdadero, nosotros nos abstenemos de tomar partido en esta guerra, les explicaba, no somos médicos, y lo poco que sabemos es sólo para ayudar a la comunidad. Sí, está bien, respondían ellos, irritados, pero que no lo veamos en situaciones diferentes a las que usted nos dice. Y así era el tire y hale todo el tiempo. Una vez llegó hasta los oídos del héroe la orden de que no podían auxiliarse los heridos, prohibición expresa de los milicianos. Uno de los comandantes abordó al héroe cuando éste se tomaba unos tragos en uno de los bares del barrio. ¿Qué ha pensado de la orden de no recogerse los heridos?, le preguntó, y el héroe sacó la valentía de siempre: mire hermano, yo no he tenido tiempo para pensar porque el servicio de voluntario es innato. Más bien hagamos una cosa: si usted tiene que hacer su trabajo, hágalo bien hecho, porque si lo hace a medias, le está diciendo al Comité ¡venga, que aquí hay trabajo para ustedes! Y así era. Cuando el aire se encendía en una serie de estallidos y explosiones intermitentes, el héroe esperaba en su casa a que todo cesara para luego salir con la camilla para buscar los heridos que debía socorrer y dejarlos en el centro hospitalario.
Al héroe sólo lo acompañaba otro como él, alguien a quien le enseñó parte de lo que sabía. Estaban juntos y solos en eso. Atrás quedaban los días tranquilos en que el Comité de Emergencias de su barrio contaba hasta con quince voluntarios y no había mucho a quien auxiliar porque en las calles se respiraba tranquilidad. Pero llegó el alborotó de la guerra y los miembros del Comité fueron desertando, uno por uno, temerosos de perder la vida en el servicio de voluntarios. Y al final sólo quedaron ellos dos, el héroe y aquel otro que era como él, pero un poco más arriesgado, porque en ocasiones salía solo y en medio de los enfrentamientos. Por eso en alguna ocasión resultó lastimado. El héroe trataba de persuadirlo: debían salir juntos y sólo brindarían ayuda cuando las metralletas callaran. Pero no era algo sencillo, porque los disparos se detenían de manera imprevista, por un breve lapso de tiempo, y luego volvían y empezaban, cuando el héroe y su compañero ya iban con la camilla en sus brazos, a medio camino y sorteándose entre las balas. No había forma alguna de prever cuánto duraría el receso. A veces era de una hora o cuarenta y cinco minutos, pero otras tan sólo de cinco o diez minutos. ¡Vengan, éntrense aquí, éntrense aquí!, les gritaba la gente al verlos corriendo con los disparos alrededor y los heridos entre sus brazos.
Casi siempre estaban juntos, con el uniforme amarillo del Simpad (Sistema Municipal de Atención y Prevención de Desastres), y la documentación que los acreditaba. Aquel uniforme amarillo resplandecía desde lejos, y los milicianos podían identificarlo desde las partes altas donde disparaban. Por eso el héroe estaba convencido de que ellos no abrirían fuego en caso de que los vieran, pues no buscaban herir a los civiles sino utilizarlos como escudos humanos. Sí, el héroe recuerda que ellos, los milicianos, solían pregonar a la gente de los barrios que debían salir en medio de los enfrentamientos para que la policía y el ejército dejaran de disparar, y luego se marcharan.
En esas idas y venidas durante y después de las hostilidades, en esos momentos de adrenalina y desconcierto, el héroe temía más a los soldados estatales y a los mercenarios que buscaban desalojar a las milicias urbanas, porque sabía que venían desde afuera a disparar hacia adentro, apostados en la entrada del barrio, en las partes altas o desde los caseríos aledaños. Ambos grupos vestían el mismo traje, camuflaje de verde selva, y era casi imposible diferenciarlos. Además, ambos defendían al establecimiento, uno dentro de la legalidad estatal, y otro por fuera de ella. ¿Quién era de las fuerzas armadas y quién del bando de los mercenarios? El héroe lo ignoraba la mayor parte del tiempo. Un soldado con prendas militares podía ser un paramilitar. ¿Cómo saberlo? En una ocasión de tantas iguales el héroe y su compañero transportaban a un herido en la camilla y se encontraron en la salida del barrio a dos soldados con la cara cubierta de pinturas oscuras. ¡Alto ahí!, les gritaron. ¡Comité de Emergencias!, chilló el héroe. ¡No, váyanse para la casa!, respondió uno de los soldados, en tono autoritario. ¿Devolverse para la casa? ¿Y la suerte del herido que cargaban? Devolverse era una orden absurda y el héroe no estaba dispuesto a ejecutarla. La razón de su trabajo era esa, socorrer a los heridos en combate, y no pasearlos por el vecindario.
–Esos militares ignoraban por completo el sentido de mi labor y sólo vivían de la furia y el estrés, buscando al enemigo en todos lados y desconfiando de cualquiera que se acercara a ellos. Era como toparse con moles de cemento, listas sólo para disparar –dice el héroe.
Salir con los heridos por la entrada del barrio fue siempre un complicado problema. Los militares entorpecían la labor socorrista la mayor parte del tiempo, y por eso el héroe y su compañero tenían que sacar valentía del estómago en medio de la anarquía de estallidos, y encenderse a gritos con los uniformados para lograr la misión y finalmente abrirse paso entre el retén militar.
Los milicianos vestían como cualquier poblador del lugar, y quizá por eso los militares se aparecían con esa actitud repelente hacia todos los miembros de la comunidad: cualquiera podía portar un arma, todos eran posibles beligerantes, el enemigo era invisible. Y por eso el héroe sentía que su labor de socorrista adquiría mayor responsabilidad y mucho más significado: debía demostrar que no todos allí eran combatientes, y que los civiles, apáticos de por sí a esa estúpida guerra, significaban la mayor cantidad de heridos y muertos. ¿Y a cuántos tuvo que auxiliar? El héroe no lo recuerda. Un día eran tres, otro día eran ocho, cientos al final.
–Fue un error no llevar un registro personal –piensa el héroe.
Pero quizá tampoco hubiera servido de nada, porque todo lo habría quemado junto a los demás documentos y registros que conservaba de la guerra, y a los que prendió fuego en los días de la operación Orión, cuando los policías y militares se la pasaban requisando casas e involucrando a todo el que podían por mínimas sospechas. Era fácil una sindicación en aquellos momentos de cacería, pues si a algunos se los llevaron sólo por rumores ¿qué sería de él, con información sobre el trabajo comunitario durante los enfrentamientos? Ya se había arriesgado lo suficiente y no podía hacerlo más, máxime cuando las conflagraciones parecían llegar a su fin. El héroe nunca se inmiscuyó con los insurgentes más allá del tire y hale por su labor, y eso le dejaba la conciencia tranquila. Pero no lo libraba del todo de la angustia y la incertidumbre que embargaba a todo el mundo: la ansiedad de perder en cualquier momento la vida.
–Yo creo que en parte fue esa presión tan tenaz, ese mismo régimen, lo que me ayudó a ser tan neutral y transparente. Después de sobrevivir a todo eso, con toda seguridad que me moriré pero de viejo –el héroe asegura.

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